Testimonio de Amalia Lú Posso por Julia Londoño Bozzi
El Malpensante
No. 126, diciembre, 2011
En tiempos de efervescencia estudiantil, vale la pena examinar las raíces de un movimiento que ha completado raros giros a lo largo de cuatro décadas. Ésta es una versión de los orígenes de esa historia, narrada por una de sus protagonistas.
Breve reseña del personaje
Amalia Lucía Posso Figueroa nació en Quibdó el 8 de noviembre de 1947. Es la mayor de dos hermanas. A los trece años se mudó con su familia a Bogotá. Se graduó en el Colegio Nuevo Gimnasio y estudió psicología en la Universidad Nacional, donde entró a militar en la Juventud Comunista (Juco).
Es escritora y profesora universitaria, aunque de tiempo atrás se ha dedicado a recuperar la tradición oral del Chocó a través de la literatura y el teatro. Dice que la primera mujer en usar bikini en Quibdó fue su tía. Sale con sombrero hasta en algunas fotos de documento; tiene más de 150. “Yo” es la palabra que más usa. En el año 2006 fue candidata del Polo al Senado de la República y, sin hacer campaña, sacó 1.982 votos.
Es la autora del libro Vean vé, mis nanas negras, que va por su octava edición y pronto será publicado en España y Portugal, y de un opúsculo bilingüe, en español y francés, titulado Betsabelina Ananse Docordó. Ha participado en las últimas ediciones del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, interpretando a las nanas de su libro. También ha presentado sus monólogos en varias ciudades de Colombia, Estados Unidos, Europa y Suramérica.
Como diva que se respete, niega rotundamente ser una diva.
Descripción
Negra; a pesar de sus facciones de blanca y de su piel mestiza. Flaca y alta, orgullosa de la esteatopigia propia de su raza. “Lo mejor de estar en los sesenta –dice–, “es tener todo todavía en su puesto”.
De ojos muy maquillados, plena conciencia de su cuerpo y de sus gestos. De hablar histriónico y divertido. Tiene ritmo en el caminado, ritmo en el hablar, ritmo en la mirada. Habla recitando.
Descripción de la escena y ambientación
Marilú sale de su cuarto y entra a la sala donde se lleva a cabo el monólogo. El apartamento, ubicado en la Avenida Circunvalar con calle 72 de Bogotá, es un espacio muy amplio, con ventanas enormes que dan hacia una quebrada. En la sala se acumulan objetos artísticos y muebles que ha recolectado a través de los años y en innumerables viajes. Matryoshkas rusas, cojines forrados con texturas animales, hamacas, velas, libros, cuadros de artistas colombianos y revistas de moda conviven con una estatuilla de José Gregorio Hernández, otra de Lenin y un collage enorme, hecho por su mamá, en honor a las historias de García Márquez.
Antes de entrar a la sala, Marilú, tal como lo hace para sus monólogos teatrales, se atavía en su cuarto, frente a un espejo. En su clóset, un vestier teatral a la vista de todos, abrigos de colores, plumas, sombreros, collares, bufandas y otros accesorios recuerdan la extravagante exageración de un travesti. Y dejan en claro –aunque no hace la más mínima falta– por qué algunos la conocieron como “la diva de la Juco”.
—J. L. B.
Niña chocoana, niña bogotana
En el plato servido frente a mí hay una fruta pálida sin nombre. En vez de estar colgada, sabrosa, de la rama de un árbol, está partida en pedazos. En vez de agarrarla con la mano y chupársela, las niñas, sentadas a mi lado, se la comen con cuchillo y tenedor.
¿Qué es esto? pensaba yo desconcertada, a mis trece años, tratando de entender a dónde fue que me había llevado mi mamá… Era un melón.
Viví los primeros trece años de mi vida en el Chocó. Nací en penumbra, el parto fue atendido por mi papá, porque en Quibdó se había ido la luz y los obstetras estaban celebrando el Día del Médico. Soy la hija mayor de Felicia Amalia Figueroa, “Maya”, y Augusto Posso. Soy la hermana, seis años mayor, de Mayita. Mi mamá era la enfermera jefe del único hospital de Quibdó. Mi papá, gerente general de la sede chocana del Banco de la República.
Cuando era muy pequeña mi familia dejó la casa donde nací, en la carrera tercera, y nos mudamos a la carrera primera, donde vivían todos los blancos del Chocó. Esa casa era un segundo piso que quedaba enfrente del Teatro Quibdó, el único teatro del pueblo, así que desde el balcón yo veía la película de turno, que era la misma durante seis meses porque allá no llegaban más.
Cuando mi mamá se iba a trabajar y me dejaba con las nanas negras, les decía que todo lo de la casa podía esperar, “lo más importante es que entretengan a la niña”. Entonces yo veía todo lo que hay que ver. Fue así como asistí a la representación teatral más maravillosa que he visto en la vida. Esas mujeres que me cantaban y me contaban –porque en el Chocó se canta y se cuenta– me transmitieron el ritmo piel con piel. A los siete años, pues, recién empezado el colegio, ya había llenado mi universo con todo lo que cuarenta años más tarde dejaría surgir en cuentos y monólogos.
Un día mi papá y mi mamá decidieron que las niñas teníamos que estudiar en la capital. Y así fue como pidieron traslado y nos vinimos.
Llegué a Bogotá a estudiar en el Nuevo Gimnasio, donde me educaron en glamouuuuuuuuur, para ser primera dama. Solo que mientras las demás niñas tenían vestidos made in usa yo venía con unos trajecitos de colores hechos por la mejor modista de Quibdó, con las únicas telas que había en el pueblo, compradas en el Almacén Ligia.
El cambio de clima hacía que la piel se me pelara y que el pelo se me electrizara. ¡Parecía una culebra cambiando de piel! El choque de salir de Quibdó, donde tenía a mis nanas negras, que cantaban y me transmitían su afecto a través del ritmo y del tacto, se hizo más fuerte cuando llegué a una ciudad donde nadie me hablaba. Me acuerdo perfectamente de mis compañeras con sus faldas escocesas prensadas y yo con mi faldita de tablas, con colores que no eran los escoceses, porque esas telas en Quibdó no se conseguían…
Pasé de ir todos los días a misa en Quibdó –imagínate, yo quería ser monja– a confesarme con el capellán del colegio, un tipo que contradecía en la práctica todo lo que decía en el púlpito.
Y me fui haciendo amiga de las otras niñas cuando, al final del primer año, me gané el premio al puntaje más alto del curso. Había otro premio en el colegio que le daban al bello carácter, pero ése era para las pendejas; ese sí que no me lo iba a ganar yo.
Al final fue tanta la hermandad con las amigas del Nuevo Gimnasio que, muchos años después, en la época dura de la represión política, muchas me ofrecieron el abrigo de sus casas para esconderme, porque había organizado un concurso de pintura cuyos premios eran viajes a los países socialistas, y ellas sabían que allá nadie me iba a buscar.
El año en que nos graduamos mataron a Camilo Torres. Y la primera manifestación a la que asistí en la universidad, en 1967, fue al aniversario de su muerte. Yo acababa de entrar a estudiar psicología en la Nacional y mi mamá decía: “¿Por qué a la Nacional? Eso está lleno de comunistas…”. Había conseguido el formulario a escondidas y creo que ese año solo se presentaron otras dos personas, pues todavía no me explicó cómo fue que pasé. Imagínate, yo solo sabía de inglés, historia del arte y glamouuuuuuuuur.
Entonces en la universidad nos agrupamos las niñas que veníamos de los colegios privados, las más bonitas, las que no se metían con nadie. Nos decían las cuatro vacas sagradas. Éramos María Antonieta Solórzano, Elvia Isabel Perry, Rocío Vallejo y yo. ¿A que no adivinas? A las cuatro vacas sagradas nos caen cuatro dirigentes estudiantiles de izquierda. Fue así: tra, tra, tra, tra… Armando Borrero, Gustavo Téllez, Juan Fernando Pérez y Jaime Caycedo (1), guau. Eran muy inteligentes. Yo había empezado a militar en la Juco un poco antes, gracias al padrinazgo de los filósofos Augusto Díaz y Freddy Téllez. En esos años uno entraba a la universidad y rápidamente le echaban el ojo los militantes de los partidos para engrosar sus filas. Jaime Caycedo –el líder al que yo le había caído en gracia– había estudiado en Francia, ocupaba la vicepresidencia de la Federación Universitaria Nacional, tocaba la guitarra y además era, como yo, comunista. ¿Qué más podía pedir? Nos hicimos novios de inmediato.
Actos de amor y militancia
Cómo me voy a olvidar de Moritz Akerman cantando los antivallenatos de Kemel George (2), esa noche en casa de Jaime.
Ese día cambió la historia de Moritz.
Y la mía también.
La mañana de ese día yo estaba sentada en los jardines de Freud –así le decían al prado de Humanidades de la Nacional–, pastando con las vacas sagradas, cuando llegó una amiga y pronunció las palabras que cambiarían el rumbo de este cuento: “Llegaron tres churros de la del Valle, hablan como los dioses y están en la cafetería echando discursos”.
Yo dije: “Vamos a alegrarnos, porque con esta gurramenta que hay en la Nacional...”.
Efectivamente, tres líderes estudiantiles trotskistas habían llegado buscando solidaridad ante la matanza estudiantil ocurrida en Cali en febrero de 1971 (3), pero también para socializar los seis puntos del Programa Mínimo Estudiantil (4). (¿Sabes?, los puntos que plantea el actual movimiento estudiantil que logró desmontar la reforma a la educación propuesta por Santos tienen muchísimas similitudes con ese programa desarrollado hace cuarenta años). En esa época los informes Rockefeller y Atcon estaban tratando de influir en el Plan Básico de la Educación Superior en Colombia. Los estudiantes nos opusimos y eso generó manifestaciones masivas en todo el país. Ricardo Sánchez (5), Camilo González (6) y Moritz Akerman eran los dirigentes que venían de la Universidad del Valle, el núcleo de la protesta. La gente decía que habían sido entrenados en una escuela de oratoria en Jamundí, porque de verdad que hablaban muy bien. En torno a ellos un corrillo de gente se paraba a oír, a comentar, a aplaudir.
Y además esa noche en la reunión descubrí que también cantaban divinamente las canciones del sur y las de la Guerra Civil Española:
Si Franco quiere corona
Que se la den de viruta
Que la corona de España
No es pa cualquier hijueputa.
A Moritz lo volví a ver a la mañana siguiente. Yo estaba vendiendo Voz Proletaria en Ciencias Humanas, como todos los jueves que salía el periódico. Te cuento que yo era de las mejores vendedoras; iban a buscarme hasta alumnos de Geología e Ingeniería, facultades donde no estudiaban mujeres. Tenía puesta una blusita verde, de mangas cortas, y ya casi acababa de vender mis ejemplares cuando de repente distinguí a Moritz encabezando una marcha…“Compañera, vamos a tomarnos la Rectoría”, dijo. Y yo, que apenas lo conocía de la noche anterior, me metí en la marcha.
Al llegar, con total decencia, Moritz le dijo al rector: “Venimos a tomarnos la Rectoría como acto de solidaridad con los estudiantes asesinados en Cali y como apoyo al Programa Mínimo. Por favor, salga usted; salga señorita Irma…”. Irma era la secretaria del rector de la universidad.
Sergio Pulgarín, que era líder de los Comandos Camilistas (7), dijo entonces: “Vamos a dejar a dos personas, de distintos grupos, cuidando la Rectoría y haciendo inventario para que no vayan a decir que el movimiento estudiantil se robó nada. Quédense Moritz Akerman, por los compañeros de la revolución socialista, y la compañera, por la Juco”.
Moritz comenzó a llamar a todo el mundo y a decirles que nos habíamos tomado la Rectoría. Mientras tanto, yo hacía inventario: cuántas máquinas de escribir, tantas resmas de papel. El movimiento estudiantil era una cosa muy seria y comprometida, no podíamos ser vándalos.
Moritz llamó incluso a Pekín para hablar de la matanza de los estudiantes en Cali y de la lucha por el Programa Mínimo. Estuvimos ahí desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde, cuando llegaron las brigadas que el resto de los compañeros de la toma habían armado con gente de todas las facultades.
Entonces Sergio Pulgarín dijo: “Ustedes ni siquiera han salido a almorzar. ¿Por qué no van a comer algo”.
Otros se quedaron haciendo turno mientras Moritz y yo pasábamos por el Crem Helado de la 45. Ahí fue cuando el tipo pronunció, por primera vez, las palabras mágicas:
“Compañera –dijo–, ¿qué piensa usted del movimiento estudiantil en esta etapa?”.
Y yo, una mujer que nunca había hablado, me volví loca cuando vi que al tipo le interesaba mi opinión. ¿Que qué pensaba? Debí decir Marx es rosadito y Lenin genial, porque la gente decía que yo era pura fachada. Pero él me decía: “Qué opinión tan interesante, no lo había visto desde esa óptica”. Ahí fue cuando me quedé mirando a este hombre y dije: “¡Apareció uno que cree que yo pienso!”.
Él no me dijo nada de la minifalda, la pierna, la nalga, no me echó ni un piropo. Entonces pensé: “Por éste me las juego todas”. En esa época nos tenían acostumbradas a una cosa muy distinta. “Amorcito, cállese que usted no sabe nada”, era la frase más habitual.
Esa noche comenzó el romance más loco del universo y sus alrededores, ¡pero yo estaba comprometida con Jaime Caycedo!
Se formó entonces un Comité de Solidaridad, en el cual estaban mi querido amigo Leonardo Posada, de la Juco (asesinado años más tarde); Marcelo Torres, de la Jupa (Juventud Patriótica); Sergio Pulgarín de los Comandos Camilistas, y Moritz representando al Bloque Socialista. Era tanta la fuerza del movimiento que Luis Carlos Galán, entonces ministro de Educación de Pastrana, tuvo que recibir al Comité para hablar sobre los puntos del Programa Mínimo. A esa reunión también fuimos Ana Marta de Pizarro, la actual directora del Festival Iberoamericano de Teatro, y yo, aunque no representábamos a nadie. Moritz nos había invitado para que pareciera que su romance era con Ana Marta y no conmigo.
Pasados varios días, Camilo, el “Flaco” Sánchez y Moritz terminaron de hacer su labor en las universidades de Bogotá y se devolvieron a Cali. Pero apenas llegaron los metieron presos en la Cárcel de Villanueva.
Entonces se armó otra vez un movimiento de solidaridad. En esa época prestaban buses para que los estudiantes viajaran, así que me fui con un grupo de apoyo en una caravana de veinte buses para el encuentro de solidaridad que era en Palmira. A los estudiantes presos por lo general les daban una paliza de bolillazos y culatazos y luego los soltaban. Todo el mundo estaba pendiente de ellos y aún no pasaban las cosas horribles que les comenzaron a hacer más tarde a los detenidos.
Moritz me llamó cuando salió. Me dijo: “Necesito verla”. Yo, una mujer comprometida, le contesté: “Encontrémonos en Girardot”.
Era tanta la presión que las encías me empezaron a sangrar, era lo menos glamoroso, era el horror… Yo estaba decidida a terminar mi relación con Jaime ¿pero cómo carajos le iba a decir?
Cuando regresamos de Girardot ya la cosa no tenía devolvedera. Entonces Akerman quiso hablar con Jaime. Los dos eran dirigentes estudiantiles importantes, pero antagónicos. El compañero Caycedo era vicepresidente de la Federación Universitaria Nacional y miembro de la Juventud Comunista. Akerman era trotskista y socialista. Tenaz.
Se citaron en El Cisne, un sitio bohemio, a la vuelta del Teatro Olimpia, donde se tomaba café y hacían unas pastas exquisitas. Entonces Moritz le dijo a Jaime: “Hay un problema con la compañera, está muy confundida, mírele las encías, está enferma…Vengo a proponerle que sea ella quien decida”.
Y yo decidí. Pero cuando la cosa se hizo pública fue impresionante.
En la Juco casi nadie me saludaba. Recuerdo que Leonardo Posada y Guillermo Sáenz (8) me invitaban a almorzar y me preguntaban: “¿Qué pasa, compañera? ¡Ese tipo es un enemigo!”.
Se decía que iban expulsarme de la Juventud Comunista. Entonces fui donde Gilberto Vieira, secretario general del partido, y le expliqué que yo no estaba con Akerman por política. Me dijo: “Compañera, no se preocupe, nadie la va a expulsar”. Era 1971. Y al que expulsaron después, pero de la universidad, fue a Moritz. Acababa de entrar a la Nacional a economía y entonces lo sacaron junto a Leonardo, Gilberto Álvarez y Lisandro Duque, también comunistas.
“Los expulsa el arbitrario rector de la Universidad Nacional en represalia por sus luchas”, salió en la prensa, en Voz Proletaria, el 15 de noviembre de 1972. Sin embargo, el motivo real de su expulsión fue que Hernando Correa Cubides, el ministro de Defensa, los acusó de que pensaban sabotear los Juegos Panamericanos y secuestrar a los extranjeros que vendrían a competir. ¡Imagínate! Todo era falso; ninguna de esas sindicaciones tenía fundamento.
Estaba pasando de todo en esos años. Un poco antes, en la presidencia de Carlos Lleras, los grupos estudiantiles habían logrado poner fin a sus diferencias y se habían agrupado en torno a lo que nosotros llamábamos “la política de unidad”. El resultado de esa unión fue que empezó a ejercerse mucha presión contra el gobierno. Tal vez por eso, por primera vez en la historia de la Nacional, se violó la autonomía universitaria con la entrada de tanques al campus.
Ése también fue el momento de los mítines relámpago. La gente sabía que se tenía que encontrar en un lugar; nosotros lo hacíamos al frente del edificio de El Tiempo, que quedaba en la séptima con Jiménez, y entonces, ahí, tra: una fila de gente paraba el tráfico y alguien se subía en el capó de un carro a echar el mitin, o sea a hablar tres segundos mientras todo el mundo se detenía a ver qué era lo que pasaba.
Y claro, si aparecía una mujer como la que era yo en esa época, vestida de negro y llena de collares, encima del capó de un carro, todo el mundo se paraba a ver. Porque hasta para subirme y bajarme del capó de un carro yo continuaba siendo la mujer del Nuevo Gimnasio, la que se movía con glamouuuuuuuuur.
Y eso me sirvió más adelante, cuando a veintidós dirigentes trotskistas del país, que estaban reunidos en Barranquilla, los metieron a la Cárcel Modelo de Varones. Entre ellos estaba Moritz. Me llamó por teléfono, porque en esa época los estudiantes arrestados podían hacer llamadas, les ponían chef y en el día los mandaban al casino de los oficiales para que no les fuera a pasar nada.
Como la Nacional estaba cerrada me fui para Barranquilla. Y allá, con la ayuda del verbo de los trotskistas y de ese glamour del Nuevo Gimnasio, conseguí un permiso del alcalde para ir todos los días a visitarlos a la cárcel. Por cierto, tengo una anécdota muy curiosa del viaje. Aunque Guillermo Sáenz, a quien todos le decíamos “Mindo”, se había enojado por mi romance con Moritz, también se angustiaba por mi situación personal cuando me decidí a viajar a la costa para visitar a Moritz. Estando yo allá –me quedé los tres meses que duró la condena–, me escribió dos cartas hermosas y fraternas contándome además sobre el trabajo político que seguía haciendo la Juco en Bogotá. Todavía las conservo.
En los patios de la cárcel, los socialistas armaban discusiones en las que trataban de adoctrinarme diciendo que la posición de los comunistas era muy mamerta (9). Yo me ponía bravísima, porque no iba a dejar que hablaran babosadas en contra de la Juco, así que aprendieron que delante de mí no se hablaba mal de mi corriente.
Finalmente los soltaron. Los habían cogido presos invocando unas leyes del gobierno pastranista que daban permiso para detener a la gente en prevención de lo que pudieran hacer más adelante. (Cualquier parecido con otras realidades, más actuales, es pura coincidencia.) Pero entonces el alcalde de Barranquilla, a manera de indemnización, les dio a todos los que habían estado detenidos pasajes para regresar a sus casas por las rutas que escogieran. Eso también fue gracias al verbo de los trotskos.
Moritz y yo nos devolvimos por Santa Marta y después fuimos a Cali, para que conociera a su familia. Y allá pasó esa cosa maravillosa que fue la transformación.
La doble apostasía
En Cali conocí al papá de Moritz, Julio Akerman, fundador del Partido Comunista Colombiano al lado de Gilberto Vieira, y también a sus hermanas que –ay dios mío– ¡eran trotskas! Decían que los mamertos éramos una mierda. Yo me moría de la risa. El papá de Moritz, que siempre fue fiel a sus ideas, estaba feliz conmigo y le dijo a Moritz: “Por fin consiguió una mujer que vale la pena”.
Mi suegro era ruso, de la antigua Besarabia; su nombre en realidad era Yohir, pero cuando llegó al país nadie sabía cómo pronunciarlo y entonces le pusieron Julio porque era más fácil. Por eso mi hijo se llama Yohir, que significa “el que ilumina, el que da luz”.
Yo hablaba con él sobre la Unión Soviética, me contaba que había venido a Colombia huyendo, era judío. Vivió el resto de su vida entre Buga y Cali, era un trabajador ni el berraco, inteligente. He conocido a pocas personas en la vida con esa capacidad de análisis y sabiduría.
Por eso creo que yo, una analfabeta política sin el bagaje ni la formación de su hijo, fui un accidente o tal vez un vehículo para que Moritz se pasara de socialista a comunista. Encontró a una mujer metida en esa cosa que su papá había fundado y a la que él se había enfrentado tal vez por rebelarse contra la autoridad paterna.
De Moritz se decía que tenía doce novias en Cali y acá nosecuántas. A mí me venían con chismes, me contaban esto y lo de más allá. Eso de que los hombres tuvieran varias novias era normal para todo el mundo. En los años setenta la promiscuidad y los cambios de pareja eran frecuentes, no solo entre los militantes de izquierda, sino en el resto de la sociedad. Pero a mí la teoría del “coño circulante” no me gustó. Según eso, las mujeres cambiaban de partido de acuerdo a la pareja. Entonces, si salían con un trotsko eran trotskas, pero después podían ser mamertas o del Moir, de acuerdo a la pareja de turno.
Lo que pasa conmigo es que toda la vida he sido muy psicorrígida y, contrario a lo que podría pensarse por ese erotismo que se ve hasta en lo que escribo, yo solo he tenido tres hombres en mi vida. Pero, para volver con lo que estaba contado, una de esas novias de Moritz explicó en un libro el caso del cambio de partido y dijo que fue producto de una noche de amor con la diva de la Juco.
Me encantaría ponerme en plan de mujer fatal y decir que el tipo se enloqueció por mí y que yo lo convencí de cambiarse de partido. Pero no es cierto; lo digo yo y el que diga lo contrario está mintiendo. Era más usual, entonces, que las mujeres militaran detrás de un hombre, pero en mi caso yo no solo no me pasé a trotskista sino que nosotros terminamos juntos en la Juco.
Un día anunciaron en la Universidad Nacional que Akerman iba a hablar en el parqueadero de Sociología. Lo recuerdo muy bien porque ahí echó el discurso anunciando que se cambiaba de partido. Un montón de mujeres trotskas estaban felices, aplaudiendo. Pero de pronto él empezó a explicar por qué se hacía comunista, citó a Pablo Picasso y todas las que antes lo aplaudían empezaron a gritar: “¡Cápenlo, cápenlo!”.
Entonces empezaron los rumores. Mi prima, que estudiaba en Popayán, me dijo: “Acá están diciendo que vos te suicidaste”.
“Mirá –le dije yo–, estoy hablando con vos”.
“Pero –insistió ella–, dicen que vos estabas entre los dos hombres…”.
Eran los cuentos más inauditos. En uno de ellos decían que Akerman se había comido un pan envenenado. Por supuesto, el pan envenenado era yo.
Pero nos casamos. Tuvimos una boda militante.
En esa época era gravísimo casarse por lo civil. No estaba reconocido el matrimonio civil y por lo tanto había que apostatar de la fe católica. Moritz no, porque él es judío.
Primero me tocó ir a la Catedral, a la oficina de un cura todo buena gente, a renegar como me lo exigían en el juzgado para poderme casar. Durante un mes me leyeron como apóstata en todas las iglesias de Bogotá…“Se ha retirado de la religión católica fulanita de tal y ta ta tata ta ta ti”…
Luego tuvimos problemas con el juez. Entonces había jueces que iban a casarlo a uno a la casa, y nosotros queríamos eso, pero cuando el tipo supo que la dirección era la sede de la Juventud Comunista dijo que él no podía, que eso era intervenir en política, que qué horror.
Hubo que fijar un edicto a ver quién se oponía a nuestro matrimonio y toda la carreta legal. Finalmente nos casó un juez en los juzgados de la 16 con cuarta, nos leyeron íntegros los artículos para que la mujer pudiera defenderse si el hombre fallaba y viceversa.
Del juzgado nos fuimos a la casa de la Juco, donde estaba reunida toda la militancia.
La lista de regalos se había hecho antes. Yo les decía: “Bueno, ¿y usted qué puede regalar?”. “No, que una libra de arroz”. “¿Y usted qué?”. “Que una libra de chocolate, pero yo puedo regalar dos jabones, y yo dos cepillos de dientes”. Todo el mundo decía algo dentro de sus posibilidades, porque todos éramos estudiantes, así que también tocaba decir: “No, que arroz no, que arroz ya hay”.
A Perla, hermana de Paul Bromberg, ex alcalde de Bogotá, militante conmigo en la Juco, le dije: “Oye, no tenemos plata, ¿qué vamos a hacer con todo este gentío que va a ir?”. Tocaba hacer como doce tortas, y ella dijo: “Yo te las hago con veinte huevos…”, y no me preguntes cómo, pero hizo las doce tortas con veinte huevos. Era y sigue siendo una maga para la cocina.
Gilberto y su mujer, Cecilia Quijano, no solo me enviaron las únicas flores que recibí en mi matrimonio, sino que en plena fiesta ella me cogió la mano y me puso un paquetico, el dinero para los dos primeros meses de arriendo del apartamento… divina.
Uno de los mejores regalos nos lo hizo el después conocido periodista Jorge Enrique Botero. Llegó con doscientos huevos en una canasta lindísima, porque un familiar suyo tenía un negocio de pollos. Subsistimos con lo que nos regalaron como tres meses.
Mi vestido fue el regalo de una amiga muy querida. Todavía lo conservo. Es de lanilla, color beige, abierto de la rodilla para abajo y sin mangas. Y encima me puse un chal ruso, que originalmente no era un chal sino un mantel que parecía un chal. Yo dije: “La ocasión amerita que vaya con mantel”. Creo que lo compré en uno de esos bazares que Voz Proletaria organizaba en parques y plazas. Vendían todas las cosas rusas, húngaras, alemanas, cosas absolutamente divinas, que mandaba la solidaridad combativa de la gloriosa Unión Soviética y los otros países socialistas.
Akerman también fue elegantísimo a la boda, con una chaqueta de esas de marino, negra, con botones de ancla, cruzada. No te imaginas lo jóvenes y enamorados que estábamos.
Éramos una pareja que compartía la militancia comunista como podría haber compartido cualquier cosa una pareja de ingenieros o de pintores… Los viernes íbamos a bailar al Goce Pagano de la 23 o a un bailadero de salsa buenísimo que quedaba diagonal a la Iglesia de Lourdes. También íbamos a muchas fiestas en los barrios, o en las casas culturales del Policarpa Salavarrieta o el Nuevo Chile. La diversión siempre iba de la mano con la política, la solidaridad y la recolección de finanzas.
¿Y qué pasó después? Pues que Akerman se puso a la tarea de formarme como dirigente. Con el tiempo pasé de vender Voz Proletaria a escribir allí con el seudónimo de Marilú Akerman. Me volví dirigente de la Juventud Comunista.
Los dos éramos funcionarios del partido; él se ganaba mil doscientos pesos y yo ochocientos. Mil doscientos era lo que costaba el arriendo del apartamento en la Colina de la Deshonra (10); entonces los ochocientos los dividíamos para el resto de las cosas.
Me vinculé al movimiento infantil, fui presidenta de la Unión de Pioneros José Antonio Galán, pero bajo mis criterios. Dije que a los niños no los íbamos a poner a leer ni a Lenin ni a Marx. Los niños, que eran los hijos de dirigentes del partido y de militantes que vivían en barrios de invasión, aprendieron a ver la vida política a través del juego. Coleccionábamos estampillas de la correspondencia internacional y las tareas eran investigar cómo vivían otros niños en esos países y por qué.
Entonces, impulsada por un tipo que me decía “usted es capaz, usted es capaz”, comencé a pensar y a decirles cosas a las masas. Me inventé un concurso de pintura, Manitas Libres, que fue muy importante y muy apetecido por los premios que dábamos: 45 días en un campamento de pioneros a orillas del Mar Negro en la Unión Soviética, o en Cuba, o en Praga, o en Polonia, en los países de la mal llamada Cortina de Hierro.
Llenamos la Plaza de Bolívar de Bogotá y después fuimos a otras ciudades de Colombia, éramos primera página de El Tiempo. El afiche, diseño del cubano Félix Beltrán, era un marco casi en blanco que los niños completaban. Después organicé el Primer Foro Nacional por los Derechos de la Infancia, con Álvaro Villar Gaviria (11) como presidente, y una exposición de pintura en el Museo de Arte Contemporáneo del Minuto de Dios, en la cual participaron, si la memoria no me falla, Augusto Rendón, Carlos Granada, Feliza Bursztyn, Armando Villegas, Edgar Negret, Ángel Loochkartt, Gustavo Zalamea y por supuesto los ganadores de Manitas Libres.
Así empecé a viajar por todo el mundo. Al periódico infantil le pusimos Solecito, yo no le iba a poner Marxito ni Lenincito…Y mientras tanto Akerman era dirigente estudiantil y con su trabajo también recorría el mundo, pero no realizábamos actividades políticas juntos. Además, por esos días él se pasaba en la cárcel la mayor parte del tiempo porque era un dirigente muy incendiario.
En 1973 me escogieron, gracias al trabajo con los niños, para ir a una escuela de cuadros de la urss. Moritz estaba preso en la Cárcel Distrital, y mi mamá hospitalizada, pero por decisión de ellos acepté irme por un año. Allá aprendí a hablar ruso como Tarzán, todo con infinitivos.
Cuando volví a Colombia llegaron los hijos: Valentina y Yohir. Hasta embarazada me subía y me bajaba de los carros a hablar.
Cuando ya no faltaba nada para que naciera Valentina, le dije a Moritz un día: “No vas a esa manifestación”. Era una reunión de solidaridad y había que aglutinar a los estudiantes de la Tadeo Lozano. Él fue y recogieron a todo el mundo para la marcha pero, cuando ya venían bajando, la policía cerró la 22, y tra: los cogieron a todos presos .Y yo con una rabia…
Me acuerdo perfecto de estar parada con Humberto Oviedo, que era el abogado del partido y que siempre lo sacaba de la cárcel, un tipo magnífico que me decía: “Tranquila, negra”, y yo: “¿Cómo que tranquila si estoy de parto hoy o mañana?”.
Y entonces Moritz me mandó una nota bellísima desde allá adentro, en un papelito chiquitito que decía: “Negra, no te preocupes, yo estaré afuera cuando esa enanita se decida a salir”. Y sí, estuvo en el parto, ¡pero casi se lo pierde!
Valentina nació en el Hospital Militar porque mi mamá era la enfermera jefe. Recuerdo que el médico dijo que me iba a poner fórceps, yo me incorporé y le dije que ni de vainas. Entonces preguntó: “¿Y esta peleona quién es?”. Lo último que oí, antes de que me pusieran la mascarilla, fue a una enfermera que le dijo: “Ésta es de la Nacional”.
Para ser sincera, Moritz fue la mamá judía, siempre estaba con los hijos encima; yo iba en coche.
El tipo lavó los pañales –eran de tela porque en esa época no había desechables–, les dio tetero, lavaba los tomates con jabón, tenía todo perfecto para que a los niños no les pasara nada. Yo le decía que atendía a los niños de día, así que él se levantaba de noche. El mejor papá del mundo.
Nuestra militancia siguió durante años paralela a nuestra relación. Hasta que, en el XIII Congreso del PCC, Moritz planteó que no estaba de acuerdo con el rumbo que había tomado la política del partido. Su tesis era que estaban exponiendo a la población, a la militancia, por las acciones de la guerrilla en el monte, y que la combinación de las formas de lucha era inaceptable. Se salió peleando y dando la cara.
Pero yo me quedé y él respetó profundamente esa decisión. No estaba preparada en ese momento para afrontar las razones tan válidas por las que él se había salido. Y además, yo no soy el tipo de mujer que entra o sale de algún sitio porque un hombre se lo dice, ni él es el tipo de hombre que me hubiera pedido una cosa así.
Mi militancia duró casi diez años más. Luego, en el 2002, pasó algo terrible, que me obligó a repensar casi toda mi vida.
La lista
Esos años de universidad y militancia, desde fines de los sesenta hasta mediados de los ochenta, los tengo recortados y pegados en un álbum que hice hace un tiempo, un incunable: banderines, recortes de prensa, fotos, horóscopos, páginas sociales, cartas políticas, cartas de amor, periódicos de la época y las reinas de Colombia retratadas. Mi museo personal.
Por ejemplo, en El Espectador del 28 de febrero del 67 dice: “Marilú Posso, otra digna representante del gogoísmo universitario, es considerada por sus compañeros como una de las más sofisticadas y elegantes. Diariamente va a las aulas con vestimentas perfectamente combinadas. Procura vestir siempre en un mismo tono. El día que la vimos llevaba zapatos y medias rosadas con vestido a cuadros negros y blancos. ‘Estudio psicología, soy del Chocó’, dice interrumpiendo el vistazo que le estaba dando a uno de los textos de estudio mientras charlaba con un grupo de compañeros. La linda chocoana –es que yo era liiiiiiiiinda, ahí está la foto para el que quiera verme– piensa que el gogó es un escape de nuestra juventud”.
También aparecí en la portada de Cromos sobre la juventud del 67, cuando la universidad cumplió cien años. En ese entonces yo usaba gafas, collares, medias de rejilla, zapatos de colores. Toda la vida me he vestido muy raro, desde que le mostraba a mi mamá los diseños de la moda gogó para que ella –enfermera– tratara de copiarlos.
Pero ésa es la parte divertida, la que produce nostalgia. Entre mis recortes también tengo una lista de amenazados, publicada en El Espectador en 1987, y en la cual figura mi nombre.
Yo acababa de regresar de Cuba, de un campamento de verano con niños de todo el mundo, y de pronto descubrí, horrorizada, que estaba en el quinto puesto. Pero curiosamente decía “artista de Cali”, y yo no soy artista ni soy de Cali. Pensé que se habían equivocado.
Muchos años después supe que el periodista encargado recibió la lista sin muchos de los apellidos. Él me conocía a mí, sabía que era militante, entonces puso “Marilú Posso” y por eso salgo en el dichoso papel. Mira a cuántos de ésos mataron. A Jaime Pardo Leal, a Eduardo Díaz, a Héctor Abad Gómez. La intolerancia había llegado a tal punto que entre los amenazados estaban –¡imagínate!– Carlos Vives, descrito como “elemento disociador en el arte y la cultura”, y la actriz Vicky Hernández. Ambos se fueron inmediatamente del país.
Mi mamá estaba asustadísima y yo le decía todo el tiempo: “Que no soy la de la lista; si lo fuera, dirían que había llegado de Cuba con un cargamento de armas, no que soy artista”. Pero mi mamá decía: “Sentate y decime cuántas Marilú Posso con doble ese hay en el país”. Tenía razón. Yo era la directora en ese entonces de la guardería infantil de la Universidad Nacional, y toda la gente que me veía me preguntaba: “¿Tú no te has ido?”, cuando en realidad parecían estar diciendo: “¿No te han matado?”.
Un día, en medio de esa angustia, una profesora me dijo: “Doctora, sabemos que usted no cree en estas vainas, pero hay una mujer que lee el tabaco y ella le puede confirmar si efectivamente la van a matar”.
Yo siempre he sido una mujer en contra de los agüeros. Aunque soy del Chocó, la tierra de la brujería, me decía a mí misma que si esa vaina fuera cierta todas las negras del Chocó estarían casadas con el príncipe tal o el rey tal...
Sin embargo, tenía tanto miedo que acabé yendo donde la señora. Cuando llegué, no estaba ella sino la hija. Le pedí que por favor llamara a su mamá y justo en ese momento empezaron a pasar un programa en la televisión sobre los 22 amenazados. Me nombraron y pensé: “Puta, me van a matar y yo nunca hice nada”.
Al rato llegó la señora, una mujer con unos ojos de esos que uno dice que abarcan el mundo y sus alrededores. La hija le dijo: “A doña Marilú la tienen amenazada”, pero ella de inmediato la cortó: “A mí no me habla la televisión, a mí no me muestren listas. A mí me habla el tabaco; bajo el mercado y ya la atiendo”.
Empezó a fumarse el tabaco de tres en tres con un balde lleno de agua en el cual escupía. Eso sonaba “clun”. Yo pensaba: soy psicóloga, profesora universitaria, la berraca en las ciencias y heme aquí oyendo este “clun” del tabaco en el balde. Por pendeja es que me voy a morir.
La señora se fumó 33 tabacos y cuando iba como en el tercero me dijo: “Usted no es la de la lista”. Era una mujer muy respetable, porque cualquier bruja de pacotilla hubiera dicho: “Sí, usted sí es; necesito hacerle un baño de hierbas que vale quinientos mil pesos”, y yo por supuesto me lo hubiera hecho.
Antes de despedirse agregó que el siguiente fin de semana una persona iba a venir a Bogotá a reclamar su puesto en la lista. Yo salí de ahí y le dije a la profesora de la guardería que me había recomendado a la doña: “Está loca, ¿cree que alguien va a reclamar su puesto en una lista de gente a la que están matando?” Pero así fue. Unos días más tarde apareció alguien diciendo que la verdadera amenazada, la importante, era ella, no yo. Eso es Colombia: un país tan esnob que la gente pelea hasta por aparecer en una lista de amenazados a muerte.
Primer final
Cuando ocurrió la masacre de Bojayá, en el 2002, a mí me llamaron de Caracol Radio para dar algunas declaraciones al respecto. El programa duró dos horas y entrevistaron a mucha gente. Tal vez por ser chocoana, el conductor quería cerrar conmigo. Entonces el periodista llamó y en directo dije: “¿Qué pienso yo de Bojayá? Que no hay derecho a que a la región más pobre y más golpeada de Colombia la liquiden unos asesinos de las Farc. Eso es fácil porque están inermes”. Hablé de los rituales de muerte en el Pacífico, expliqué que cuando la gente era asesinada le amarraban con una cabuya los dedos gordos de los pies y ese nudo no podía desatarse hasta que los asesinos pagaran por sus crímenes. Dije que esperaba que los responsables de las Farc pagaran por lo que le habían hecho a mi pueblo. Y finalicé diciendo: “Yo, la militante comunista, no acepto ni perdono que hayan hecho eso…”.
Suelo borrar las fechas de las cuales no quiero acordarme. Si tú me preguntas cuándo murió mi papá, que fue hace poco, yo no me acuerdo ni del día ni del año. Tampoco recuerdo la fecha de la muerte de mi gran amiga Rita Agudelo, a quien quise muchísimo. Es un mecanismo de defensa. Sé sin embargo que mi militancia duró entre ocho y diez años más que la de Akerman y que por la época de Bojayá tenía un rato largo fuera del partido.
Un día me dije: ¿a qué le dediqué todos estos años de mi vida? Y al hacer el balance me empezó una especie de desencanto. Me pareció no que hubiera perdido el tiempo –los de la militancia fueron los mejores años de mi vida–, pero sí que había llegado a un callejón sin salida con las contradicciones y sinsentidos que veía por todas partes.
Y un día dije ya no más. No fui más la “diva de la Juco”, como decían algunos, aunque yo nunca me sentí diva. Me dio depresión, no sabes lo que me costó salirme de la militancia comunista, qué dolor, qué ruptura. Miércoles, decía yo, tengo que hacerlo... Fue un parto de lo más jodido. Aún no me lo he sacado del corazón.
Segundo final
Me imagino que quieres saber qué pasó con el otro lado de esta historia, mi relación con Moritz…
Tomamos caminos distintos, el 24 de marzo próximo cumpliríamos cuarenta años juntos. Es el hombre de mi vida, pero pienso en él de manera práctica. Cuando nos separamos le dije: “Todavía no ha nacido el hombre por el que yo pelee, ni siquiera vos”. Tal vez por eso nuestra relación no se interrumpió. El día que firmamos el divorcio, la separación de bienes en la notaría, nos fuimos de celebración. Él vive en Medellín pero viene a Bogotá con relativa frecuencia y siempre está al pie del cañón. Nos vemos un par de veces al mes, tomamos whisky, conversamos interminablemente y a veces se baja aquí. Es un luchador inquebrantable por la paz de este país y siempre ha seguido muy cerca mío y de nuestros hijos.
Ahora somos abuelos, Valentina vive en Nueva York y nuestros nietos también, es editora de libros de arte. Yohir vive en Miami, escribe columnas de opinión y está preparando una novela. Mis hijos son mis mejores amigos y cómplices. Mi mamá vino a vivir conmigo a sus 88 años, ahora tiene 90 y estoy feliz de tenerla cerca. Me traje a mi casa todo su apartamento, hasta sus flores de plástico para que no se sienta extraña.
Por cierto: con Jaime Caycedo, como es natural, estuve distanciada un tiempo, pero volví a hablar con él después de un terrible atentado en que le dispararon nueve tiros a quemarropa. Me gusta haberlo recuperado como amigo. Fue él quien me convenció de integrar la lista del Polo Democrático al Senado, cuando Carlos Gaviria era el candidato de la izquierda. Jaime sigue tocando la guitarra y cantando maravillosamente bien esas canciones del sur y de la Guerra Civil Española.
Un nuevo principio
Una amiga, riéndose, me decía: “Tú te volviste escritora porque un tipo te dejó”, y yo le contestaba: Jaj, si yo me volví escritora porque un tipo me dejó solo podría escribir: “La noche está oscura y mi alma se llena de congoja”, no esas cosas tan eróticas que pongo en el papel.
A la mayoría de los que militaron conmigo los mataron. Mataron a Leonardo Posada, a José Antequera, a Bernardo Jaramillo, a Carlos Munévar, a Chucho Bejarano, que ni siquiera era militante comunista. A veces, en manifestaciones, me encuentro a la gente que dice: “Compañera, tenemos que hacer algo…”, ¿pero hacer qué?
En mi caso, hacer algo fue ponerme a escribir. Al principio, cuando lo de Bojayá, me quise ir como voluntaria, pues necesitaban a una psicóloga para hacer la reconstrucción de las historias de vida. No se pudo porque ya había gente trabajando en eso. Entonces se me ocurrió que podría revivir la abundante memoria oral de mis primeros años en Quibdó, cuando yo era una pelaíta consentida por sus nanas negras. Contar las historias de la nana Valentina, del saqueo del oro, de las dragas en los ríos, del intento de desmembración del Chocó en la época de Rojas Pinilla. Y todo comenzó a salirme con absoluta fluidez. Recordé historias que yo creía perdidas y que estaban en mi memoria esperando ser convocadas. Me acordé, por ejemplo, de que mi abuelo Marcial Figueroa tenía un par de minas de oro en Lloró, llamadas El Santísimo y El Santisimito. Los gringos, a través de la Chocó Pacífico, quisieron trabajar en sus terrenos, pero él les dijo: “A mis tierras no meten la draga”. Entonces todo el cascajo, o sea las piedras grandísimas que sacaba del río ese aparato tan gigante, se lo tiraron en la entrada de su finca para que él no pudiera entrar. Tardó muchísimo tiempo, imagínate, en lograr que esas piedras le permitieran volver a entrar…Y yo le decía a mi mamá: “Después preguntas que por qué soy antiimperialista, si eso viene de familia”.
Muy pronto me di cuenta de que la escritura me permitía recuperar no solamente la memoria oral de mi infancia en el Chocó, sino el conjunto general de mi vida: los años en la Nacional, mi militancia en la Juco, mis historias de amor. Dicho de otro modo: al pasar de esa memoria oral a la literatura advertí que podía reivindicar las cosas que todavía me tocan.
Yo sigo creyendo en las causas válidas y nobles por las que luché, aunque para muchos éstas se hayan deformado. Creo en el respeto del hombre por el hombre. Por eso esta guerra me parece absurda –ésta y cualquier otra–. Rechazo el secuestro, las torturas, los asesinatos, las desapariciones forzadas y todo el horror que vino con eso. Si yo dijera que mi militancia en la izquierda fue una locura de juventud, sería una pobre mierda.
Si a mí me hubieran dicho, en mis años de militancia, que en vez de cambiar el mundo lo que iba a cambiar era el mapa, yo habría creído que eso era una locura.
Reivindico, ahora desde la escritura, todo lo que fui.
Ahora que escribo y represento historias, en vez de ignorar mi pasado y dármelas de mosquita muerta, sigo creyendo, desde otra orilla, en que es posible un mundo mejor y hay que luchar por conseguirlo. Los recuerdos salen intactos y sin culpa.
Hay algo curioso. Cuando publiqué en Ediciones Brevedad de Bogotá mi primer libro, Vean vé, mis nanas negras, firmé como Amalia Lú Posso Figueroa. Y me empecé a encontrar con gente que me preguntaba: “¿Por qué ahora firmas los libros de ese modo, si siempre fuiste Marilú?”.
Pues lo que pasa es que yo recuperé mi nombre; eran los negros en el Chocó los que me decían niña Amalia Lú, porque yo me llamo Amalia Lucía, pero cuando llegué a Bogotá me volví Marilú. Así que puedes ponerlo muy claro: escribir me permitió recuperar mi verdadero nombre.
Notas
1. Dirigente comunista y catedrático. Desde 1994 es el secretario general del Partido Comunista Colombiano.
2. Matemático y político costeño. Hizo parte de la Brigada Socialista de la Canción, donde compuso e interpretó un buen número de temas emblemátios para la izquierda en Colombia. Los antivallenatos eran canciones de marcado énfasis político, en las cuales se alteraba deliberadamente el acento en los versos para producir un tipo diferente de fraseo.
3. El 26 de febrero de 1971, en Cali, siete líderes estudiantiles fueron asesinados durante una manifestación. A partir de allí se consolidó un poderoso movimiento de protesta universitaria. Manizales, Bucaramanga, Medellín, Popayán y Bogotá fueron centros de las más grandes movilizaciones. En el marco de estos eventos fue asesinado, en Popayán, Alberto "Tuto" González. El crimen despertó la solidaridad de los estudiantes y desencadenó fuertes protestas y pedreas.
4. Esos seis puntos eran: 1) Abolición de los consejos universitarios, en los cuales tenían representación los gremios y el clero, y sustitución por un organismo conformado por el rector (sin voto), un representante del Ministerio de Educación, tres profesores y tres estudiantes; 2) Asignación del 15% del presupuesto total de la educación en Colombia para la Universidad Nacional; 3) Revisión de los contratos ya suscritos con las agencias internacionales relativos a la educación, investigación científica financiada exclusivamente por la nación y liquidación del Instituto Colombiano para el Fomento de la Educación Superior (Icfes); 4) Ruptura con la Fundación para la Educación Superior (FES); 5) Legalización del derecho a crear organizaciones gremiales en cualquier tipo de establecimiento educativo y 6) Reapertura de la Facultad de Sociología de la Universidad Javeriana.
5. Máximo dirigente del Bloque Socialista. Es profesor en la Universidad Nacional y ha escrito varios libros sobre la izquierda en Colombia.
6. Presidente del Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz. Vinculado actualmente al Polo Democrático. Fue ministro de Salud durante el período presidencial de César Gaviria. Es hermano de "Tutp" González, el activista estudiantil asesinado en marzo de 1971.
7. Los Comandos Camilistas fueron los grupos ideológicos inspirados en Camilo Torres que surgieron tras su muerte, a finales de la década de los sesenta. Camilo Torres (fundador de la primera facultad de sociología en América Latina, en la Universidad Nacional, y del Frente Unido del Pueblo, que pasaría a ser considerado el brazo político del ELN), renunció al sacerdocio para ingresar a la guerrilla en 1965 y murió en su primer combate, el 15 de febrero del siguiente año.
Estos grupos urbanos que se desprendieron del Frente Unido eran afines a las líneas marxistas-leninistas, y organizaron algunas de las marchas estudiantes más concurridas del país. No creían en la necesidad de conformar un partido político para gobernar, pues defendían la proclamada autogestión de las masas, razón por la cual promovían el abstencionismo electoral y algunos partidos políticos de izquierda los calificaban de anarquistas.
8. Guillermo Sáenz era el nombre de alias Alfonso Cano, jefe máximo de las Farc recientemente abatido. En la época estudiaba antropología en la Universidad Nacional.
9. En los años setenta se llamaba "mamertos" a los miembros del Partido Comunista Colombiano. Nunca se ha dilucidado bien el origen del término, pero algunos ex militantes de izquierda me dijeron que se debía a que casi todos los fundadores del PC tenían un nombre terminado en "erto": Gilberto, Alberto, Roberto. Entre mamertos y socialistas –"los troskos"–, había una enconada rivalidad.
10. Así se llamó, desde los años setenta, al barrio La Macarena de Bogotá. El apodo perdura hasta el día de hoy.
11. Médico y psicoanalista. Fue fundador de la Sociedad Colombiana de Psiquiatría.

Señorita Karen, después de leer esta gran historia solo me queda decir que es fantástico como unos pocos marcaron a nuestra patria. Es un cuento que revela amor, familia, lucha, educacion y principios por una noble causa. Después de más de 40 años es grandioso escuchar a la protagonista y saber que lo introduce en la historia poco a poco a travez de sus parrafos. Cuando iba leyendo cada frase de este relato, tenía de fondo algunos musicos cubanos que me gusta escuchar y que tocaron en New York en la misma época donde sucedio la historia y claramente me decía: "el pueblo latinoamericano como ha luchado!". Me gustó mucho leer y sentirme identificado con algunos personajes!!! Espero que en algún momento vuelvas a escribir y sigas demostrando que eres muy buena hacindolo.
ResponderEliminarUn abrazo.
Juan D. Padilla
Gracias por compartir este reportaje. Saludos.
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