sábado, 18 de junio de 2011
miércoles, 15 de junio de 2011
miércoles, 8 de junio de 2011
Kingoroots: El heredero
Reggae desde Chile
sábado, 4 de junio de 2011
domingo, 29 de mayo de 2011
El buen café
Por Alfredo Molano Bravo
Dicen en Génova, Qundío, que hay un camino de a pie -que no es lo mismo que un camino real, ni que una trocha- que lleva hasta el sur del Tolima atravesando el páramo de las Hermosas para caer a Roncesvalles, metido en un bolsillo de la Cordillera Central, vertiente del Magdalena. Ha sido un camino donde confluyen y se funden rutas de colonización: la quindiana -más campesina y aventurera que la caldense-, la boyacense -que nació de un escuadrón de soldados abandonado por su general en la última guerra civil- y la tolimense, resto de otra lucha, la del indio Quintín Lame, que se mantiene viva. El camino no termina en el río Saldaña, lo atraviesa y sigue por el laberinto de filos que esconden -y defienden- los ríos Atá y Amoyá, donde fueron fundadas Santiago Pérez y Planadas. Más arriba, en un vericueto del Nevado del Huila, funcionó, durante la Hegemonía Conservadora, el penal de San José de Huertas, donde eran recluidos liberales acusados de contrabando. Como muchas otras -Acacías, Paramillo, Araracuara-, la colonia penal del Atá se volvió una punta de colonización en los años 50. O mejor, un refugio de campesinos que huían de la persecución conservadora en la zona cafetera, en el plan del Tolima, en los valles del río Cauca. Se regaron por las faldas del Nevado del Huila, tumbaron montes, abrieron tierras y sembraron café y caña. El penal se volvió un pueblo fundado por esa colonización y se llamó Gaitania, en honor a Jorge Eliécer Gaitán. Uno de esos fundadores, nacido en Génova y peleado en Roncesvalles, fue Pedro Marín, alias Manuel Marulanda, quien, amnistiado, construyó la carretera entre Planas y Gaitania. Derogada la medida, terminó refugiándose en una vereda de la región llamada Marquetalia. Atacada por el gobierno de Valencia (1962-1966) con el Batallón Colombia -el mismo que mató a los estudiantes en junio del 54- se armó el tierrero del que no hemos salido. Porque del Nevado del Huila, el problema armado y campesino se regó por la cordillera oriental y terminó en el Guaviare y el Caquetá. Desde entonces la región ha sido cercada y bombardeada por la fuerza pública y aún hoy es considerada el santo sanctórum de la guerrilla.
Dicen en Génova, Qundío, que hay un camino de a pie -que no es lo mismo que un camino real, ni que una trocha- que lleva hasta el sur del Tolima atravesando el páramo de las Hermosas para caer a Roncesvalles, metido en un bolsillo de la Cordillera Central, vertiente del Magdalena. Ha sido un camino donde confluyen y se funden rutas de colonización: la quindiana -más campesina y aventurera que la caldense-, la boyacense -que nació de un escuadrón de soldados abandonado por su general en la última guerra civil- y la tolimense, resto de otra lucha, la del indio Quintín Lame, que se mantiene viva. El camino no termina en el río Saldaña, lo atraviesa y sigue por el laberinto de filos que esconden -y defienden- los ríos Atá y Amoyá, donde fueron fundadas Santiago Pérez y Planadas. Más arriba, en un vericueto del Nevado del Huila, funcionó, durante la Hegemonía Conservadora, el penal de San José de Huertas, donde eran recluidos liberales acusados de contrabando. Como muchas otras -Acacías, Paramillo, Araracuara-, la colonia penal del Atá se volvió una punta de colonización en los años 50. O mejor, un refugio de campesinos que huían de la persecución conservadora en la zona cafetera, en el plan del Tolima, en los valles del río Cauca. Se regaron por las faldas del Nevado del Huila, tumbaron montes, abrieron tierras y sembraron café y caña. El penal se volvió un pueblo fundado por esa colonización y se llamó Gaitania, en honor a Jorge Eliécer Gaitán. Uno de esos fundadores, nacido en Génova y peleado en Roncesvalles, fue Pedro Marín, alias Manuel Marulanda, quien, amnistiado, construyó la carretera entre Planas y Gaitania. Derogada la medida, terminó refugiándose en una vereda de la región llamada Marquetalia. Atacada por el gobierno de Valencia (1962-1966) con el Batallón Colombia -el mismo que mató a los estudiantes en junio del 54- se armó el tierrero del que no hemos salido. Porque del Nevado del Huila, el problema armado y campesino se regó por la cordillera oriental y terminó en el Guaviare y el Caquetá. Desde entonces la región ha sido cercada y bombardeada por la fuerza pública y aún hoy es considerada el santo sanctórum de la guerrilla.
viernes, 27 de mayo de 2011
Diez años que desangraron a Colombia
Los campesinos, asediados por la represión, emigraron a las montañas y allí organizaron el trabajo agrícola y la autodefensa. Las llamadas «repúblicas independientes» continuaron ofreciendo refugio a los perseguidos.
Por Eduardo Galeano
Allá por los años cuarenta, el prestigioso economista colombiano Luis Eduardo Nieto Arteta escribió una apología del café. El café había logrado lo que nunca consiguieron, en los anteriores ciclos económicos del país, las minas ni el tabaco, ni el añil ni la quina: dar nacimiento a un orden maduro y progresista. Las fábricas textiles y otras industrias livianas habían nacido, y no por casualidad, en los departamentos productores de café: Antioquia, Caldas, Valle del Cauca, Cundinamarca.
Una democracia de pequeños productores agrícolas, dedicados al café, había convertido a los colombianos en «hombres moderados y sobrios». «El supuesto más vigoroso -decía-, para la normalidad en el funcionamiento de la vida política colombiana ha sido la consecución de una peculiar estabilidad económica. El café la ha producido, y con ella el sosiego y la mesura.»
Poco tiempo después, estalló la violencia. En realidad, los elogios al café no habían interrumpido, como por arte de magia, la larga historia de revueltas y represiones sanguinarias en Colombia. Esta vez, durante diez años, entre 1948 y 1957, la guerra campesina abarcó los minifundios y los latifundios, los desiertos y los sembradíos, los valles y las selvas y los páramos andinos, empujó al éxodo a comunidades enteras, generó guerrillas revolucionarias y bandas de criminales y convirtió al país entero en un cementerio: se estima que dejó un saldo de ciento ochenta mil muertos.
Por Eduardo Galeano
Allá por los años cuarenta, el prestigioso economista colombiano Luis Eduardo Nieto Arteta escribió una apología del café. El café había logrado lo que nunca consiguieron, en los anteriores ciclos económicos del país, las minas ni el tabaco, ni el añil ni la quina: dar nacimiento a un orden maduro y progresista. Las fábricas textiles y otras industrias livianas habían nacido, y no por casualidad, en los departamentos productores de café: Antioquia, Caldas, Valle del Cauca, Cundinamarca.
Una democracia de pequeños productores agrícolas, dedicados al café, había convertido a los colombianos en «hombres moderados y sobrios». «El supuesto más vigoroso -decía-, para la normalidad en el funcionamiento de la vida política colombiana ha sido la consecución de una peculiar estabilidad económica. El café la ha producido, y con ella el sosiego y la mesura.»
Poco tiempo después, estalló la violencia. En realidad, los elogios al café no habían interrumpido, como por arte de magia, la larga historia de revueltas y represiones sanguinarias en Colombia. Esta vez, durante diez años, entre 1948 y 1957, la guerra campesina abarcó los minifundios y los latifundios, los desiertos y los sembradíos, los valles y las selvas y los páramos andinos, empujó al éxodo a comunidades enteras, generó guerrillas revolucionarias y bandas de criminales y convirtió al país entero en un cementerio: se estima que dejó un saldo de ciento ochenta mil muertos.
jueves, 26 de mayo de 2011
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